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RACION DE YOGURT EN EL AUTOBUS

Después de haberme comido los rabos de aquellos tres conductores de autobús y haberme tragado sus ricas, densas y calientes lechadas, ir a trabajar para mí ya no volvió a ser un suplicio. Continuábamos como siempre, como si no nos conociéramos de nada. Nos dábamos los buenos días pero nada más, ignorando completamente lo que pasó aquella noche en las cocheras. Pero teníamos algo pendiente aún y esa tensión estaba en el ambiente. Si no me encontraba a uno, me encontraba a otro: Jose, el jovencito delgado; Maxi, la enorme bestia; y Damián, el cuarentón con pinta de macho ibérico. Y entonces pensaba en la sugerencia que me hicieron: comerles el ojete. Anda que no me había hecho pajas ya pensando en aquellos tres culos sudados y peludos en los que meter toda mi cara y mi boca, lamerlos, morderlos y babearlos mientras escuchaba a aquellos tres cabrones heteros gemir de puro gustazo.

Ese día salí de trabajar muy pronto y tomé el autobús que pasaba a las tres. En la parada no había casi gente esperando. Tan sólo un grupito de tres moros con ropa sucia que debían de venir de la obra o algo así. Vi llegar el bus a lo lejos y distinguí a Damián, el cuarentón, tras el volante. Subí por la escalerilla y le mostré mi abono. Él me sonrió y me hizo un gesto con la cabeza para que entrara. No pude evitar fijarme en su barriga abultada que se marcaba en el fino jersey del uniforme.

Cuando ya había llegado casi a la mitad del autobús, Damián miró por el espejo y me gritó.

—No se te olvide que tenemos algo pendiente. A ver cuándo nos juntamos con el Maxi y con el Jose —dijo mientras subían los tres moros.

—Vale —grité.

—Por lo visto a lo mejor se apunta alguno más —me guiñó un ojo.

Simplemente sonreí y me senté antes de llegar a la puerta trasera. Damián arrancó y los tres moros se dirigieron por el estrecho pasillito hasta el fondo, en donde se sentaron a sus anchas en los asientos de detrás.

En seguida salimos a la carretera y al poco atravesamos el primer polígono. Para entonces los gritos de los tres moros en el fondo del autobús se habían hecho molestísimos y un fuerte olor a porro había invadido todo el vehículo. Al llegar a la salida del polígono, en donde habían hecho unas amplias aceras para seguir construyendo naves, Damián giró el volante súbitamente y detuvo el autobús a un lado. Le vi levantarse del asiento con su aire serio y de mala hostia y echó a andar por el pasillo en dirección a los moros. Giré mi cabeza para mirar lo que pasaba.

El conductor llegó hasta ellos, que le miraron expectantes.

—¿Vosotros qué pasa? —les preguntó con tono borde—. ¿Es que no sabéis que está prohibido fumar en el autobús? —señaló el porro. El más delgadito le miró sin decir nada, con el porro a medio fumar en la mano—. ¿Se puede saber qué coño hacéis? —les dijo, pero los tíos se hicieron los locos—. Trae aquí, anda —saltó de repente, extendiendo su mano para que el moro le diera el peta. Pero lo que hizo Damián fue quitárselo y echar una calada. Contuvo el humo mientras miraba la punta del cigarrillo y después lo soltó. Los moros le miraron confusos y a la par divertidos—. Es buena esta mierda —contempló el conductor.

 

 SIGUE

 

 

 

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DATOS DEL PROPIETARIO, CONDICIONES Y CÓDIGO ÉTICO:

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